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Cristina de Cruz: “La banca ética es, sobre todo, una herramienta política de transformación”

17 Outubro 2017

Entrevista del periodista Jaume Vinyas a la Presidenta de nuestro Comité de Etica, Cristina de la Cruz, publicada en catalán en el Diario Ara Balears  

Fotografía @IsaacBuj del Ara Balears

Los jardines de la Misericordia, en Palma, han acogido la III Feria del mercado social de Mallorca, donde empresas, entidades, federaciones y redes comprometidas con el consumo responsable han mostrado su manera de hacer. La banca ética es un elemento imprescindible para la economía solidaria. Banca Popolare Etica es, en este sentido, la primera cooperativa de finanzas éticas de Europa. Cristina de la Cruz, doctora en Filosofía y profesora titular del departamento de Relaciones Internacionales y Humanidades de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Deusto, es la presidenta del Comité de Ética de Banca Popolare Etica. Cerró la primera jornada de la feria con una charla.

¿Qué papel tiene la banca ética en la economía solidaria?

Los bancos, es decir la intermediación financiera, son un elemento nuclear muy importante para el conjunto de la ciudadanía. Lo que hacen iniciativas como la nuestra es poner los bancos al servicio de la ciudadanía. Ya prácticamente no nos acordamos de la función social que tiene un banco.
Es cierto. Yo pensaba que esta función sólo la tenían las cajas...
Un banco es una institución que, sobre todo, tiene que estar al servicio de regular algunos elementos de la vida económica de las personas, las instituciones y las sociedades. Y en esto hay una serie de cuestiones que tienen que ver con criterios éticos, con cómo operan estos bancos.


¿Y en qué se diferencia un banco, digamos, tradicional de uno de ético?

Hablamos de entidades en las que se garantiza la participación, en condición de igualdad, de todas las personas socias y que financian proyectos que no sólo tendrán un impacto positivo sino que tienen voluntad de transformación social, es decir un impacto que transforme la estructura de injusticia en nuestra sociedad.

¿Cómo se toman las decisiones en estas entidades? ¿Quién decide que un proyecto es transformador?

Todos los proyectos tienen que superar dos evaluaciones: la económica y la ética. Hay un comité de ética que analiza si el proyecto que solicita el crédito cumple determinados tipo de cuestiones que tienen que ver con el modelo de participación, de crecimiento, de toma de decisiones, con cuestiones de igualdad de género, equidad, etc.


¿Y quién marca los baremos?

Están guiados, en general, por los seis principios de la Carta de la Economía Solidaria: trabajo, equidad, sostenibilidad ambiental, cooperación, la no lucrativitat y el compromiso con el entorno. Pero en cada territorio hay necesidades diferentes, así que los criterios se tienen que adaptar un poco a la realidad social. No es el mismo puntuar un proyecto que busca promover una cantidad importante de lugares de trabajo en Andalucía que en el País Vasco, por ejemplo.


La banca tradicional también ofrece productos “solidarios”.¿Son de fiar?

Hay que saber educar la ciudadanía para que sepa distinguir. Por ejemplo, iniciativas como los bonos solidarios que promueven algunas bancas tradicionales tienen un carácter estrictamente mercantil, son un producto más. Es cierto que los invierten pero detrás su motivación hay argumentos estrictamente mercantiles. Los mismos microcréditos, en algunos ámbitos, pueden haber tenido un carácter transformador, pero en nuestro contexto son reparadores. Cubren algunos déficits, pero no ayudan a transfomar la sociedad.


Entonces, todos los proyectos que financie una banca propiamente ética tienen que tener un cariz transformador?

La banca ética es, sobre todo, una herramienta política. El que queremos promover son instituciones que rijan nuestra vida económica. Desde el punto de vista ético, un banco no es necesariamente malo, lo que pasa es que estamos tan obsesionados con la idea de especulación que, directamente, hacemos un juicio de valor a partir de esto, probablemente con razón.


La banca tradicional, curiosamente, intenta separar la política de las finanzas, tiende a pedir desregulació...

La economía solidaria intenta reivindicar el carácter político que tiene nuestra actividad económica. Incluso una persona que sobrevive de ayudas sociales tiene que tener una cuenta bancaria para poder acceder a estas ayudas. Las iniciativas de banca ética quieren ser herramientas políticas que operan en el ámbito económico y que ponen  el dinero en una determinada dirección, que no tiene nada que ver con la especulación, que no busca lucrarse con este dinero y que quiere orientar la sociedad hacia un modelo más justo. Y esto es posible.


¿Cuántas veces te han tildado de utópica?

Me suelen decir más que tengo una visión romántica, pero lo que es cierto es que la economía solidaria crece y se renueva constantemente. Es una alternativa sólida y estable. En estos momentos la economía solidaria genera el 10% del PIB de España, da trabajo a 2,2 millones de personas. La apuesta para poner las personas en el centro ha generado más de 190.000 contratos los últimos años, el 80% de los cuales son indefinidos. Son datos oficiales, de principios de este año. Hablamos de un ámbito muy potente.


¿Por qué, después de la crisis, la ciudadanía no ha ido en masa a los bancos éticos?

La ciudadanía suele quejarse mucho y sospecha mucho. Hemos sido víctimas del comportamiento de las entidades financieras, de este lenguaje tan complicado que utilizan y que forma parte de un complot para alejarse, precisamente, de la ciudadanía. Lo único que hemos hecho es confiar en ellos. Pero nunca nos hemos planteado una reflexión crítica sobre que hacen los bancos con nuestros  dineros. Nunca. Cobramos la nómina, pagamos los recibos, interactuamos con ellos mucho más del que pensamos. La banca ética convierte esta estructura de poder, que es una entidad financiera, en una de simétrica y que se convierta en una herramienta útil para la ciudadanía.


Al fin y al cabo, ¿la gente no prefiere un cajero al lado de casa?

Uno de los efectos que tiene esta cultura capitalista que está tan arraigada son una serie de valores. El hecho de querer tener un cajero muy cerca forma parte del “rápido, pronto, ya!”, el valor por excelencia del capitalismo. Todo forma parte de una misma estrategia: valoramos mucho más la comodidad de no tenernos que mover mucho porque tampoco queremos pensar mucho qué supone todo esto: qué hacen los bancos con nuestros dineros. La revolución no tiene que ser económica, sino también cultural.


¿Revolución cultural o mental?

Sí, no me refiero a salir a la calle. La revolución se hace con pocas cosas, con pequeños gestos. Cómo? Siendo responsables y haciendo el que se puede esperar de nosotros, acciones que quizás son muy pequeñas y que pueden tener poco impacto individualmente pero que si acabamos sumando el conjunto de la ciudadanía pueden tener una relevancia significativa. De esta responsabilidad no nos exime nadie. Y si eres de los que piensan “que lo hagan los otros”, después no te quejes. Hay que decirlo alto, claro y muchas veces: hay alternativa al sistema capitalista.


Apeláis mucho a la responsabilidad individual, ¿pero que me decís del papel de las instituciones?

Tienen un papel fundamental: sensibilizar, visibilizar y apoyar a este tipo de iniciativas. Piensa que hoy en día las entidades financieras tradicionales forman uno de los ámbitos que generan más exclusión social. Incluso el Parlamento Europeo aprobó el 2014 una directiva que instaba, precisamente, a luchar contra la exclusión financiera. El que comentábamos antes: para cobrar una ayuda social necesitas una cuenta bancaria, pero las entidades exigen una serie de requisitos que muchas personas no pueden cumplir. Las administraciones no pueden ser cómplices de este tipo de entidades. También se tienen que responsabilizar apoyando a otro tipo de entidades.
Ahora, por ejemplo, está de moda hablar de “cláusulas sociales”, pero no recuerdo que se puntúe el hecho de estar financiado por una banca ética...

Al fin y al cabo, se trata de generar redes de interoperación. Las cláusulas sociales podrían ser una herramienta, pero quizás es más importando la reserva de contratos. Que se fomente que haya una serie de contratos de los cuales se beneficiarán empresas de inclusión. Estas, a su vez, fácilmente trabajarán con banca ética. Entre todos juntos, se crea un entramado cooperativo de entidades que dispone de un instrumento de financiación.

¿Vosotros trabajáis con muchas administraciones públicas?

Sí, con muchos ayuntamientos del País Vasco, como el de Donosti, o el de Madrid. El de Barcelona, incluso, es socio. También con las diputaciones. Cada vez hay más administraciones, especialmente locales, que muestran interés para hacer trabajo con nosotros.

 

Fotografía @IsaacBuj del Ara Balears

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