Nariño, Colombia: una experiencia con finanzas éticas, comunidad y futuro.
Una experiencia en el departamento de Nariño, en el suroeste de Colombia, permite comprender hasta qué punto la economía puede adoptar formas muy distintas según el lugar desde el que se construya. En este territorio andino, marcado por desigualdades históricas, pero también por una fuerte tradición de organización comunitaria, hablar de economía significa hablar de agua, de tierra, de cuidados y de vínculos. Significa, sobre todo, hablar de vida.
Durante una semana, tres trabajadores de Fiare Banca Etica visitamos la ciudad de Pasto de la mano de la ONG Alboan para conocer de cerca el trabajo de la Fundación Suyusama y de las comunidades con las que colabora. El viaje surgió para observar iniciativas económicas arraigadas en el territorio, impulsadas desde la cooperación, la agroecología y la gestión comunitaria de los recursos. Una economía que no busca solo rentabilidad, sino sostenibilidad social y ambiental.


Economía con raíces
El primer contacto con el territorio tuvo lugar en Villa Loyola, un espacio de formación y encuentro donde se compartieron los valores que orientan la acción de Suyusama: justicia, equidad y buen vivir. Entre cafetales y conversaciones compartidas, emergió un hilo común presente en todos los proyectos: la dignidad campesina como eje central de cualquier proceso de transformación. Una experiencia que nos invitaba a repensar qué significa trabajar por una economía realmente humana.
Los días siguientes nos permitieron recorrer distintas iniciativas para constatar esta visión compartida. A través del proyecto Mamaluz, las comunidades han integrado agroecología, ecoturismo y gestión del agua mediante un reservorio comunitario. En la zona de Corazón de María, una reserva natural creada y gestionada por la propia comunidad protege las fuentes de agua y ejemplifica procesos de empoderamiento femenino. En Onobuco, un acto de bienvenida ancestral con música tradicional, puso de manifiesto la recuperación del cabildo indígena y de una cultura que resiste y perdura pase lo que pase.
El viaje también nos mostró cómo el turismo puede adoptar formas alejadas de la lógica extractiva. En la Laguna de la Cocha y en el Santuario de Las Lajas, proyectos como la Reserva El Búho combinan espiritualidad, cultura y ecología, demostrando que el turismo puede ser una herramienta de cuidado del territorio y de transmisión de saberes ancestrales.


Sembrando futuro desde la comunidad
La agroecología y el ahorro comunitario son otras piezas clave de este ecosistema. Las redes de producción local, los grupos de ahorro y las llamadas “cestas verdes” conectan campo y ciudad a través del consumo responsable. En el restaurante de la Asociación Flor de Monte, una comida elaborada con productos locales hizo tangible la soberanía alimentaria que estas comunidades defienden. Una caminata hasta una cascada cerró la jornada con una imagen simbólica del agua como fuente de vida y cohesión.
Uno de los elementos más relevantes que observamos a lo largo del recorrido fue el papel central de las mujeres. Desde proyectos de agroecología hasta iniciativas de transformación alimentaria o de gestión comunitaria, son ellas quienes lideran muchos de los procesos económicos, combinando producción, cuidado del territorio y transmisión de conocimiento. Su contribución no es accesoria, sino estructural.
La juventud también desempeña un papel destacado. En municipios como Taminango, La Unión o San Lorenzo, proyectos de café, hornos comunitarios, espacios juveniles y grupos de ahorro ofrecen alternativas reales al abandono del territorio. Son iniciativas aún frágiles, pero apuntan a otra manera de entender el desarrollo: menos extractiva, más lenta y profundamente vinculada al lugar.

Finanzas éticas al servicio del bien común
En este contexto, las finanzas éticas se convierten en una herramienta clave. Cuando dejan de ser un fin en sí mismas y se ponen al servicio de la dignidad, la justicia social y el bien común, el crédito y el ahorro pueden actuar como palancas de cambio real. No sin tensiones ni límites, pero con una clara voluntad de coherencia entre valores y práctica.
El viaje lo cerramos en la sede de la Fundación Suyusama con un sentimiento compartido de gratitud. Nos llevamos el aprendizaje de que otra economía no solo es posible, sino que ya se está construyendo, día tras día, desde la raíz. Más allá del intercambio, la estancia en Nariño fue un encuentro entre distintas maneras de entender el mundo.
Desde Fiare Banca Etica, confiamos en que esta experiencia nos sirva para afrontar nuevos proyectos en nuestro país, arraigados en el territorio y en una economía con valores.
Nariño no ofrece recetas universales. Lo que muestra es que existen otras formas posibles de hacer economía cuando esta nace del territorio, de la cooperación y de la confianza. En un contexto global marcado por la crisis climática y el agotamiento de los modelos dominantes, estas experiencias no son anecdóticas: son laboratorios vivos de lo que podría venir.
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