En Acerra, en la provincia de Nápoles, una fábrica que parecía destinada a cerrar para siempre ha vuelto a producir gracias a una decisión radical: arriesgarse en primera persona. Es la historia de Screensud, una cooperativa nacida de un workers buyout (adquisición por parte de los trabajadores), el proceso mediante el cual los empleados rescatan una empresa en crisis y la transforman en un negocio del que se convierten en socios y empresarios.
En 2012, la sociedad Lafer —especializada en la fabricación de mallas metálicas para la industria extractiva y la construcción— entra en liquidación. Se trataba de una empresa que contaba con 50 empleados y una facturación de más de 2 millones de euros al año. A pesar de ello, los pedidos se detuvieron y el futuro parecía sentenciado. Sin embargo, doce trabajadores decidieron no aceptar el cierre como un destino inevitable.
«Elegimos no rendirnos y volver a poner en juego las competencias adquiridas en más de quince años de actividad», relata Raffaele Silvestro, actual presidente de la cooperativa. Una decisión que implicó invertir su propio finiquito (Tfr) y las prestaciones por desempleo, asumir un riesgo personal y colectivo, y transformarse de empleados en socios.
Del fracaso a la cooperativa
El proceso no fue inmediato. En 2013 nace formalmente la cooperativa Screensud, pero la actividad productiva no se reanudó plenamente hasta 2016, tras un complejo recorrido marcado por subastas judiciales, burocracia y la competencia de otros operadores del sector.
Gracias al derecho de tanteo, los trabajadores lograron adjudicarse la maquinaria indispensable para arrancar de nuevo. El nuevo y motivado equipo trasladó la sede de la planta desde Nola hasta Acerra. A este cambio de ubicación le siguió una fase delicada, pero también el inicio de una nueva trayectoria industrial en un territorio que, a menudo, solo se da a conocer por sus vulnerabilidades.
Producción, trabajo y territorio
Hoy en día, Screensud fabrica mallas tejidas de acero de alta resistencia que se utilizan en los sectores de la extracción, la construcción, el agroalimentario, el tratamiento de residuos y el reciclaje. Una parte significativa de la producción se destina a mercados exteriores, desde el norte de África hasta otros países europeos.
Con los años, la cooperativa ha consolidado su facturación, ha ampliado su cartera de clientes y ha incrementado el número de puestos de trabajo. Una trayectoria que demuestra cómo el workers buyout, cuando funciona, no es solo una respuesta defensiva a la crisis, sino que puede convertirse en un proyecto de desarrollo industrial real y sólido.
«Llevamos a Campania y a Acerra por todo el mundo», afirma Silvestro, destacando el valor de devolver perspectivas productivas a una zona frecuentemente marginada en el relato económico nacional.
La compra de la fábrica: un paso clave
En 2025, más de diez años después del inicio del workers buyout, Screensud da un paso estratégico: la compra de la planta de producción en la que opera. De inquilinos, los socios trabajadores pasan a ser propietarios de la fábrica, reforzando la estabilidad patrimonial de la cooperativa y eliminando una de sus principales fuentes de incertidumbre.
Es en esta fase donde Banca Etica interviene de forma directa, respaldando la operación con herramientas financieras específicas.
«Para Banca Etica ha sido muy importante apoyar a Screensud porque representa de forma concreta el valor del workers buyout», explica Pasquale Asseni, vicedirector de la sucursal de Nápoles. «Hablamos de personas que habían perdido su empleo y que eligieron adueñarse de su propio futuro, uniéndose para crear una cooperativa y recuperar un trabajo estable».
La intervención del banco se centró en particular en la hipoteca para la adquisición de la nave, completando una operación más amplia. «Hoy, por fin, son dueños de las paredes en las que trabajan», añade Asseni.
La operación no se basó únicamente en el trasfondo social de la iniciativa. Como ocurre con todas las financiaciones, Banca Etica exigió un plan industrial a medio y largo plazo.
«Pedimos un plan con un horizonte de al menos cinco a siete años», aclara Asseni. «En el caso de Screensud, la compra del inmueble supone una cuota mensual inferior a la del alquiler que pagaban antes. Y esto ha mejorado la cuenta de resultados y ha fortalecido a la empresa a lo largo del tiempo».
Una comunidad que se convierte en empresa
Para los socios trabajadores, la cooperativa no es solo un centro de producción, sino una comunidad que comparte riesgos, decisiones y resultados. «Estamos todos en el mismo barco», es una frase recurrente en las palabras de Silvestro.
Es también en este tipo de proyectos donde las finanzas orientadas al impacto encuentran su función: no como una simple concesión de crédito, sino como una palanca para acompañar procesos colectivos en los que el capital sirve para proteger el empleo, las cualificaciones y el arraigo territorial.
En Acerra, lo que parecía una fábrica condenada al cierre se ha convertido así en un ejemplo real de cómo los trabajadores pueden transformarse en protagonistas de su propio renacimiento. No solo salvando una empresa, sino reescribiendo la relación entre el trabajo, la propiedad y la comunidad.
Photo credits: Screensud